Thomas Adams
THOMAS ADAMS: EL SHAKESPEARE EN PROSA DE LOS TEÓLOGOS PURITANOS
Los años de formación (1582-1605)
Thomas Adams nació entre 1582 y 1583 en una Inglaterra que aún respiraba el aire fresco del reinado isabelino. Poco sabemos de su familia o su niñez; de hecho, su biógrafo Joseph Angus observa que Adams pertenece a esa clase de autores eminentes cuya historia personal es un misterio. Según Angus, «hay hombres cuyo nombre brilla en las portadas de sus libros, pero cuyas personas permanecen envueltas en sombras». De Adams podemos decir lo mismo: su sombra es larga, pero el hombre detrás de ella resulta difícil de ver.
Lo que sí sabemos es que llegó a Cambridge en una época en que la universidad bullía con debates teológicos. Se matriculó en el Trinity College en 1598 pero en algún momento se mudó al Clare College donde obtuvo su licenciatura (Bachillerato en Artes de aquella época) en 1601 y su maestría en 1606. Tres años antes, en 1604, fue ordenado al ministerio. Tenía entonces poco más de veinte años, y comenzaba su vocación en un momento crucial de la historia inglesa: Jacobo I acababa de ascender al trono, trayendo consigo nuevas esperanzas para los reformadores puritanos, esperanzas que pronto se verían frustradas.
Northill: el primer pastorado y una dolorosa lección (1605-1611)
En 1605, el joven Adams obtuvo la licencia para la parroquia de Northill, un pueblo de Bedfordshire situado entre Bedford y S. Neots. Fue su primer cargo pastoral, y allí aprendió tanto el gozo del ministerio como la amargura de la injusticia.
Durante más de cuatro años, Adams se entregó al cuidado de sus feligreses con una dedicación que ellos no olvidarían. Se comportó, según sus propias palabras más tarde, «sobriamente en su trato, esforzadamente en su vocación, afectuosamente entre sus vecinos». Predicaba con fervor, visitaba a los enfermos, consolaba a los afligidos. Los habitantes de Northill llegaron a quererlo profundamente.
Pero en el mundo de la Iglesia de Inglaterra del siglo XVII, el afecto de los feligreses no siempre era suficiente. Cuando el patronazgo (manor) del beneficio pasó de Richard Browne a un tal Sr. Osbourne, Adams fue destituido sin miramientos. No había cometido falta alguna: sus propios feligreses dieron testimonio de ello. Simplemente, el nuevo patrono quería a otro hombre.
En febrero de 1611, cincuenta y cuatro habitantes de Northill estamparon sus firmas en una carta al obispo William Barlow. Sus palabras rezuman indignación y tristeza: Adams había sido removido «sin ningún […] justo merecimiento que lo provocara, según nuestro conocimiento». Durante cuatro años —testificaron— se había comportado «conforme a las órdenes de la Iglesia y, en todos los aspectos, adecuadamente a su oficio».
La carta no salvó el puesto de Adams, pero sí preservó su reputación. Y quizá, más importante aún, le enseñó una lección que nunca olvidaría: en la Inglaterra de su tiempo, incluso el pastor más fiel podía verse a merced de los caprichos de patronos ricos y poderosos. Esta injusticia —la vulnerabilidad económica del clero— se convertiría en uno de los temas recurrentes de su predicación.
Willington: encuentra su voz (1611-1614)
Para 1611, Adams había asumido el vicariato de Willington, otro pueblo de Bedfordshire. Fue aquí, en esta parroquia rural, donde comenzó a forjar su identidad como predicador y escritor.
Willington era pequeño y aislado, pero Adams no se contentó con predicar solo a su rebaño local. Comenzó a ser solicitado para sermones ocasionales, presentándose dos veces ante la audiencia pública en Paul’s Cross, el famoso púlpito al aire libre junto a la Catedral de San Pablo en Londres, y una vez ante el clero en Bedford.
Su primer sermón en Paul’s Cross —«The Gallant’s Burden» (La carga del cortesano)—, predicado en 1612, tuvo un éxito respetable en la imprenta, con tres ediciones para 1616. Pero fue su segundo sermón en Paul’s Cross —«The White Devil» (El diablo blanco)—, predicado en 1613, el que realmente capturó la imaginación del público. Para 1621, ya había alcanzado cinco ediciones.
¿Qué tenían estos sermones que los hacía tan populares? Adams había descubierto un estilo literario distintivo que combinaba una profunda erudición clásica con una sátira mordaz de las hipocresías de su tiempo. Sus sermones eran como obras de teatro en prosa, poblados de personajes vívidos y metáforas ingeniosas.
Durante estos años en Willington, Adams también completó el primero de varios ciclos de sermones: «The Devil’s Banket» (El festín del diablo, 1614), titulado posteriormente «The Fatal Banquet» (El festín fatal), una obra imaginativa que utilizaba la metáfora de un festín para explorar los pecados de la sociedad. El diablo era el anfitrión, el pecado era el festín, y Adams invitaba a sus lectores a rechazar tan fatídico festín.
Wingrave y Londres: entre dos mundos (1614-1619)
En 1614, Adams aceptó el nombramiento como vicario de Wingrave, en Buckinghamshire. Fue instituido el 21 de diciembre de ese año y mantendría el cargo hasta 1636, aunque no siempre residió allí.
Adams comenzaba a vivir entre dos mundos: el del pastor rural y el del predicador urbano. Durante su estancia en Wingrave, también impartió una cátedra en la iglesia de San Gregorio, a la sombra de la Catedral de San Pablo en Londres. Esta cátedra, que mantuvo al menos de 1618 a 1623, le dio acceso a un público más amplio y sofisticado.
San Gregorio era una iglesia antigua, que databa del siglo VII, con una feligresía de unas tres mil almas. Estaba situada en el corazón bullicioso de Londres, donde convivían prósperos comerciantes de lana, artesanos hábiles y mendigos desesperados. Desde su púlpito, Adams predicaba a todos ellos, denunciando los abusos de los ricos y consolando las aflicciones de los pobres. Trágicamente, este edificio fue destruido por el Gran Incendio de Londres en 1666.
Fue en este período en el que Adams forjó relaciones con algunos de los hombres más poderosos de Inglaterra. Sir Henry Montague, el Lord Chief Justice (Juez Supremo), se convirtió en su mecenas y amigo entrañable. En 1618, Adams le dedicó «The Happiness of the Church» (La felicidad de la Iglesia), un volumen de sermones, llamándolo «mi muy buen Lord» y «mi primer patrono».
Pero Adams no era un simple adulador de los grandes. Sus dedicatorias, aunque respetuosas, eran también desafiantes. A Sir Henry Marten, juez del Alto Tribunal del Almirantazgo, le dedicó varios sermones con palabras de amistad, pero el arzobispo Laud consideraba a Marten «un puritano estigmatizado o cismático» por su defensa de la libertad religiosa. A William Herbert, Conde de Pembroke, le dedicó «A Divine Herbal» (Un herbario divino), 1616, elogiando sus virtudes, pero también recordándole sus responsabilidades hacia los pobres.
Adams caminaba en una delgada línea. Necesitaba el apoyo de los poderosos para sostener su ministerio, pero su conciencia no le permitía callar ante la injusticia. Como escribió en uno de sus sermones: «No es la excelencia del trabajo, sino la nobleza de vuestra disposición, lo que me anima».
Años de productividad literaria (1614-1629)
Los años entre 1614 y 1629 fueron de extraordinaria productividad literaria para Adams. Sermón tras sermón, tratado tras tratado, salían de su pluma con una regularidad impresionante.
En 1615 publicó «The Black Devil» (El diablo negro), un contraste deliberado con su famoso «White Devil» (Diablo blanco). Si el hipócrita era el diablo blanco, el apóstata —aquel que abandona la fe— era el diablo negro. También ese año publicó «Mystical Bedlam» (El manicomio místico), en el que utilizaba la metáfora de un asilo de locos para describir la locura del mundo pecaminoso.
En 1616 vio la luz «Diseases of the Soul» (Enfermedades del alma), titulado posteriormente «The Soul’s Sickness» (La enfermedad del alma), un tratado en el que Adams examinaba diecinueve enfermedades corporales y sus correspondencias espirituales. Era una obra ingeniosa que mostraba su familiaridad con la medicina y su habilidad para extraer lecciones morales de fenómenos naturales.
También en 1616 publicó «A Divine Herbal Together with a Forest of Thorns» (Un herbario divino junto con un bosque de espinas), donde las hierbas representaban las virtudes y las espinas los vicios. Adams tenía un don para tomar objetos cotidianos —banquetes, hierbas, enfermedades— y convertirlos en ventanas hacia verdades espirituales.
En 1618 apareció «The Happiness of the Church» (La felicidad de la Iglesia), su colección más ambiciosa hasta ese momento, que Adams preparó durante un período de enfermedad. La dedicó «a los dignos ciudadanos de la parroquia de San Gregorio, amantes sinceros del evangelio», agradeciendo su paciencia con su ausencia forzada del púlpito.
El ritmo no disminuía. En 1622 publicó «Eirenopolis: The City of Peace» (Eirenópolis: la ciudad de la paz), un elocuente alegato a favor de la paz en medio del creciente faccionalismo del reinado de Jacobo I. En 1623 predicó «The Barren Tree» (El árbol estéril) en Paul’s Cross, dedicándoselo a su amigo John Donne, el famoso poeta y deán de San Pablo.
En 1624 regresó a Paul’s Cross por última vez para predicar «The Temple» (El templo) en conmemoración de la liberación del rey Jacobo de la Conspiración de la Pólvora. Fue su última aparición en ese famoso púlpito.
La culminación de todos estos años de trabajo llegó en 1629 con la publicación de «The Workes of Tho. Adams» (Las obras de Thomas Adams), un volumen en folio de más de mil páginas que contenía sesenta y tres sermones y tres tratados. Era un testimonio impresionante de su incansable ministerio y su don literario.
S. Benito: el último pastorado (1619-1642)
En 1619, Adams fue nombrado rector de S. Benito, cerca de Paul’s Wharf, en Londres. Sería su último cargo pastoral, aunque no lo mantendría hasta el final de su vida.
S. Benito era una parroquia pequeña, situada cerca del Támesis. En su congregación había «muchos nobles y caballeros», según los registros, y durante la Monarquía, «el rector y el guardián de la Iglesia continuaron con el uso de la liturgia y la debida administración de los sacramentos».
Pero el año de su nombramiento también trajo una tragedia personal. En diciembre de 1619, su esposa falleció, dejándolo solo con dos hijas y un hijo. No sabemos su nombre ni cuánto tiempo habían estado casados. Adams nunca volvió a mencionar públicamente esta pérdida, pero debió de ser devastadora. A partir de entonces, crio a sus hijos como padre viudo mientras continuaba con su exigente ministerio.
Adams mantuvo Wingrave en pluralidad con S. Benito hasta 1636. Esta práctica —mantener múltiples rentas simultáneamente— era común en la época, pero Adams mismo la había criticado duramente en sus sermones. ¿Cómo justificaba su propia conducta?
En sus escritos, Adams admitía la tensión: «Tenemos, cada uno, nuestras propias parroquias; atendámoslas. No tomemos ni conservemos rentas de cien o doscientas libras al año para asignar a un pobre ayudante […] ocho o […] diez libras anuales». Pero también reconocía excepciones: «No es que el predicar a nuestra propia feligresía no pueda dar paso a una obligación de mayor trascendencia».
La realidad era que los ingresos de S. Benito eran insuficientes. La renta dependía en gran medida de los fondos de la catedral, y cuando estos fueron confiscados durante la guerra civil, Adams se quedó prácticamente sin sustento. Mantener Wingrave era, quizá, una necesidad económica más que una ambición.
El estilo literario de Adams: sátira y compasión
Para entender a Adams, hay que entender su estilo. No era un predicador ordinario. Sus sermones eran obras de arte literario, densamente entretejidas con alusiones clásicas, metáforas ingeniosas y sátiras mordaces.
Adams había absorbido profundamente la tradición del «carácter» satírico, una forma literaria popularizada en Inglaterra por Joseph Hall y Thomas Overbury. Un «carácter» era un retrato breve y punzante de un tipo social —el avaro, el adulador, el hipócrita— pintado con rasgos exagerados pero reconocibles.
En «The White Devil», Adams hacía desfilar toda una galería de personajes: gobernantes injustos, abogados engañosos, sobornadores, comerciantes avariciosos, terratenientes injustos. Su descripción del adulador es típica: «Se introduce como una polilla en las túnicas de los hombres generosos […] ¿Acaso su señor carece de dinero? Él le mete en la cabeza multas que se deben imponer, terrenos que se deben cercar, rentas que se deben mejorar […] El pecado no tiene alcahuete más descarado, ni su amo un ladrón más impío, ni la república una sanguijuela más voraz».
Pero Adams no era simplemente un satírico. Sus retratos de vicios siempre iban acompañados de ternura hacia las víctimas. En «The Devil’s Banket», describía cómo los pobres eran devorados por usureros, acaparadores y terratenientes opresores. Su indignación era palpable: «Los acaparadores, que amontonan mercancías y, al impedir su circulación comunitaria, elevan el precio: estos son ladrones […] La escasez viene sin que Dios la envíe; ¿quién la trae entonces? El mismísimo diablo y sus agentes, esos miserables acaparadores».
Lo que hacía a Adams único era la combinación de erudición y accesibilidad. Podía citar a Cicerón, Horacio y a los padres de la Iglesia en un párrafo, y en el siguiente usar el lenguaje directo de la calle. Como escribió un crítico del siglo XIX: «No es tan sostenido como Jeremy Taylor, ni tan continuamente brillante como Thomas Fuller, pero es superlativamente elocuente y brillante, y mucho más cargado de pensamiento que cualquiera de ellos».
Una adaptación libre de algunos de sus aforismos más memorables incluye:
El que predica bien en su púlpito, pero vive desordenadamente fuera de él, es como un joven escribiente; lo que escribe limpiamente con su mano, su manga viene después y lo emborrona (Works 1: 390).
Adams advierte que los hombres son más propensos a seguir el ejemplo que el precepto; por tanto, una vida desordenada invalida los sermones más elocuentes ante los ojos del mundo.
El diablo puede estar dentro, aunque no esté en la puerta (Works 2: 44).
Para Adams, el «diablo blanco» (el que parece un ángel de luz, el religioso hipócrita) es mucho más peligroso que el «diablo negro» (el pecador evidente), precisamente porque el primero no se queda «a la puerta» para ser visto, sino que se esconde «dentro» de la piedad formal.
El diablo es un diablo mudo mientras se comete la maldad, pero un diablo rugiente cuando ya está hecha (Works 3: 186).
Satanás silencia la conciencia durante la tentación para facilitar el pecado, pero luego la despierta con terror para conducir al alma a la desesperación.
La caridad es el alimento de la paz en la tierra y la semilla de la paz en el Cielo (Works 2: 328).
Los actos de amor y socorro mutuo son lo que sostiene la concordia social aquí y lo que prepara el terreno para la felicidad eterna.
Para con Dios, los adverbios recibirán mejor agradecimiento que los sustantivos (Works 2: 111).
Según Adams, a Dios no le importa tanto la acción en sí (qué se hace), sino la disposición y fidelidad con que se realiza (cómo se hace).
El predicador y la justicia social
Adams era ante todo un predicador del evangelio, pero su evangelio tenía implicaciones sociales radicales. En una época en que la desigualdad económica estaba creciendo rápidamente en Inglaterra, Adams denunciaba sin cesar la opresión a los pobres.
Sus blancos eran múltiples: usureros que sangraban a los desesperados con intereses exorbitantes; terratenientes que cercaban las tierras comunales, privando a los campesinos de sus medios de subsistencia; usurpadores que se quedaban con los diezmos de la Iglesia, dejando a los ministros en la miseria; acaparadores que escondían el grano para elevar los precios durante las épocas de escasez; gobernantes que aceptaban sobornos y negaban la justicia a los pobres.
En «The White Devil», Adams lanzaba una diatriba contra los ladrones «privados» —aquellos que robaban bajo la apariencia de legalidad—: «Hay dos clases de ladrones: los públicos, que con violencia quitan el dinero a los transeúntes, o roban la casa a medianoche […] De estos diré poco […] Pero hablaré de ladrones como Judas, ladrones secretos, que hacen más daño, con menos peligro presente para sí mismos».
Luego procedía a desenmascarar a estos ladrones: abogados corruptos que tomaban sobornos de ambas partes, oficiales que vendían justicia, comerciantes que usaban pesas falsas, terratenientes que oprimían a sus inquilinos, cercadores que robaban las tierras comunales, taberneros que promovían la embriaguez, aduladores que saqueaban a los grandes, intermediarios extorsionadores y, sobre todo, usureros.
Su descripción del usurero es particularmente mordaz: «El usurero es como el gusano que llamamos carcoma (teredo), que es maravillosamente suave al tacto, pero tiene dientes tan duros que devora la madera; pero el usurero devora la madera y las piedras también».
La controversia con Laud (1628-1633)
En 1628, William Laud fue nombrado obispo de Londres, y en 1633 se convirtió en arzobispo de Canterbury. Laud era un hombre determinado a imponer uniformidad religiosa en Inglaterra, reprimiendo tanto a los puritanos como a los católicos. Para un hombre como Adams, que caminaba en la línea entre la conformidad anglicana y las simpatías puritanas, Laud representaba una amenaza.
Adams nunca fue un inconformista radical. Defendía la jerarquía episcopal, usaba el Libro de Oración Común y rechazaba el separatismo puritano. En «The City of Peace», había escrito críticamente sobre aquellos que causaban cisma en la Iglesia: «Un hombre está empachado de ceremonias. Se le ha metido en la cabeza la manía de que las vestiduras de la Iglesia no deben estar bordadas […] Antes que permitir que sus hijos reciban la señal de la cruz en el bautismo, abandonará el Arca para embarcarse en cualquier barquilla fantasiosa».
Pero Adams también era firmemente calvinista en su teología, apasionadamente antipapista en su sentimiento, y profundamente comprometido con la predicación del evangelio. Todas estas características lo hacían sospechoso a los ojos de Laud.
Es probable que las doctrinas fuertemente calvinistas de Adams, sus amargos sentimientos antipapistas, su deseo de que los asuntos ceremoniales se mantuvieran «indiferentes» en lugar de imponerse, su crítica de la «idolatría» papal que amenazaba con infiltrarse en la Iglesia, y su popularidad como orador, todo esto, lo hiciera vulnerable a los ataques de Laud y sus seguidores.
No tenemos evidencia directa de una confrontación entre Adams y Laud, pero los hechos hablan por sí mismos: después de 1633, Adams desapareció abruptamente de la vida pública. No publicó más sermones, no predicó en lugares prominentes, se convirtió en un hombre invisible.
La Exposición de 2 Pedro (1633)
En 1633, Adams publicó su obra más ambiciosa y erudita: «A Commentary or Exposition upon the Divine Second Epistle General Written by the Blessed Apostle St. Peter» (Un comentario o exposición sobre la divina segunda epístola general escrita por el bienaventurado apóstol S. Pedro). Era un volumen enorme en folio de 1634 páginas, fruto de años de estudio intensivo.
La obra estaba dedicada a Sir Henry Marten, juez del Alto Tribunal del Almirantazgo y decano del Tribunal de los Arcos de Canterbury. En la dedicatoria, Adams escribía con su característica humildad: «No me atrevo a ensalzar mi propia mercancía; sin embargo, de no haberla juzgado algo mejor que mis trabajos anteriores, no habría tenido la osadía de presentársela a vos, de cuya claridad de entendimiento, profundo juicio y genuina integridad, todos los hombres de bien entre nosotros poseen tan plena y reconocida experiencia».
La Exposición representaba un nivel más sofisticado de exégesis bíblica del que era posible en la forma del sermón. En él, Adams utiliza tanto el antiguo estilo eufórico, con sus sonoros dispositivos retóricos, como el más nuevo estilo senecano, con su acento en la brevedad y el punto. Era al mismo tiempo erudito y accesible, riguroso en su interpretación, pero pastoral en su aplicación.
Adams abordaba todas las cuestiones teológicas difíciles planteadas por 2 Pedro: la naturaleza de la inspiración divina, la relación entre fe y obras, la doctrina de la elección, la realidad del juicio final y, sobre todo, el problema de los falsos maestros que pervertían el evangelio.
Su tratamiento de la doctrina de la elección es particularmente notable. Aunque firmemente calvinista, Adams nunca permitía que la doctrina de la predestinación se convirtiera en una excusa para la indiferencia moral o en una razón para dudar de la salvación. Escribía: «La Iglesia puede estar enferma, mas no morir ni perecer. Morir no puede: la sangre de un Rey eterno la compró, el poder de un Espíritu eterno la preserva, y la misericordia de un Dios eterno la coronará».
Al mismo tiempo, advertía contra la presunción: «No fue uno por uno por quien Cristo murió, ni uno por muchos, sino uno por todos […] y este uno debe ser de precio infinito». La gracia de Dios era universal en su ofrecimiento, aunque particular en su aplicación.
La Exposición también revelaba la amplitud del conocimiento de Adams. Citaba libremente de los padres de la Iglesia —Agustín, Jerónimo, Crisóstomo, Ambrosio— así como de autores clásicos como Cicerón, Horacio y Juvenal. Pero siempre subordinaba su erudición a la exposición de las Escrituras. Como escribió en una dedicatoria: «La erudición, tanto como el cargo, es indispensable para un ministro. Un escriba poco instruido, desprovisto de su tesoro de cosas antiguas y nuevas, no es apto para interpretar los oráculos de Dios».
La Exposición de 2 Pedro sería la última obra importante que Adams publicaría. Era una piedra angular elegante y erudita de su carrera, un monumento a años de estudio devoto y predicación fiel.
Los años oscuros (1633-1652)
Después de 1633, una cortina de silencio cae sobre la vida de Adams. No publicó más sermones, no apareció en público, dejó de ser una figura prominente en Londres. ¿Qué sucedió?
La teoría tradicional, repetida por Newcourt y Walker en sus historias de la Iglesia, es que Adams fue «secuestrado» —es decir, removido de su cargo eclesiástico— bajo la Monarquía. Pero Joseph Angus, en su cuidadosa investigación del siglo XIX, cuestionó esta teoría.
Angus advirtió que el nombre de Adams no aparece en ningún registro oficial de ministros silenciados. Además, muchos predicadores eminentes y útiles en la ciudad fueron dejados indemnes por el gobierno, aunque eran hostiles a la nueva constitución en la Iglesia y el Estado. ¿Por qué Adams, cuyas doctrinas calvinistas deberían haber sido aceptables para los examinadores presbiterianos (Presbyterian Triers), habría sido señalado?
Angus también notó que entre los patronos de Adams estaban el Conde de Manchester y el Conde de Pembroke, ambos miembros prominentes del gobierno parlamentario. Habría sido extraño que permitieran la persecución de su protegido.
La explicación más probable es que Adams perdió su cargo eclesiástico no por una acción personal dirigida contra él, sino como resultado de la confiscación general de la propiedad de la catedral en 1639-1642. Los cargos eclesiásticos de S. Benito y S. Pedro dependían en gran medida de los fondos de la Catedral de San Pablo. Cuando estos fondos fueron confiscados y apropiados para aumentar los ingresos de las parroquias más pequeñas («cargos eclesiásticos pequeños»), Adams simplemente se quedó sin ingresos.
Pero, aunque no fue «secuestrado» en el sentido técnico, el efecto práctico fue el mismo. Para 1642, Adams ya no era rector de S. Benito, aunque se le permitió residir en la casa parroquial. Sus ingresos se habían esfumado, y comenzó a depender de la caridad de sus antiguos feligreses.
Estos fueron años de profunda tristeza personal. Su hija mayor murió en 1642, la menor en 1647. Quedó solo, envejecido, empobrecido, probablemente enfermo. El hombre que había predicado ante miles en Paul’s Cross, que había movido a nobles y comerciantes con su elocuencia, ahora vivía oscuramente, sostenido por la caridad de aquellos a quienes una vez había ministrado.
Los últimos sermones (1652)
En 1652, siete años después de la ejecución del arzobispo Laud y tres años después de la ejecución del rey Carlos I, Adams emergió brevemente de la oscuridad para publicar dos últimos sermones: «God’s Anger» (La ira de Dios) y «Man’s Comfort» (El consuelo del hombre).
La dedicatoria es conmovedora en su humildad:
A los más honorables y caritativos benefactores, a quienes Dios ha honrado como sus administradores y santificado para ser sus dispensadores de los frutos de la caridad y la misericordia hacia mí, en esta mi vejez necesitada y decrépita, presento humildemente este testimonio de mi gratitud, con mis incesantes plegarias al Padre de todas las misericordias, para que los recompense por ello en esta vida, y corone sus almas con gozo y gloria eternos en la vida venidera, a través de Jesucristo, nuestro Señor. Amén (Works 3: 264).
No era la voz de un hombre amargado o derrotado, sino de alguien que todavía confiaba en la bondad de Dios y la generosidad humana.
En «God’s Anger», Adams reflexionaba sobre los tumultuosos eventos de su época: «La peste de David, que duró tres días, fue una tormenta que pronto se apaciguó […] La ira de Dios ha permanecido sobre nosotros por más tiempo». Era una referencia apenas velada a la guerra civil que había desgarrado Inglaterra durante la década anterior.
Pero en su último sermón —«Man’s Comfort»—, Adams no se hundía en la desesperación. Hablando como alguien que había experimentado la angustia de la pérdida personal y las contradicciones de un mundo «hecho pedazos», Adams instaba a sus oyentes a arrepentirse y buscar consuelo en «el Dios de toda consolación».
Era una nota característica con la que terminar: no con amargura, sino con esperanza; no con acusación, sino con invitación; no con desesperación, sino con la promesa de gracia.
El legado de Thomas Adams
Thomas Adams fue enterrado el 26 de noviembre de 1652, en algún lugar de Londres. No tenemos registro de dónde exactamente, ni de quién asistió a su funeral. El hombre cuyas palabras habían llenado iglesias y movido corazones pasó de este mundo discretamente, casi en secreto.
Durante casi dos siglos, sus obras permanecieron en gran parte olvidadas. Pero en el siglo XIX, hubo un redescubrimiento. En 1839, James Sherman editó su Exposición de 2 Pedro. En 1861-62, Thomas Smith editó las obras completas de Adams en tres volúmenes, con una memoria por el profesor Joseph Angus.
Fue entonces cuando Robert Southey pronunció su famoso veredicto: Adams era «el Shakespeare en prosa de los teólogos puritanos […] apenas inferior a Fuller en ingenio o a Taylor en fantasía». Alexander Balloch Grosart añadió: «Mucho más cargado de pensamiento que cualquiera de ellos».
¿Era Adams puritano? La etiqueta es problemática. Era calvinista en teología, pero anglicano en la práctica. Rechazaba el separatismo puritano, pero compartía su fervor evangelístico. Usaba el Libro de Oración Común, pero predicaba con la pasión de un reformador. Quizá sea mejor llamarlo lo que él se llamaba a sí mismo: un «predicador de la Palabra de Dios».
Lo que es indiscutible es que Adams fue un maestro de la prosa inglesa. Sus sermones son obras de arte literario, densamente tejidas con alusiones clásicas, metáforas ingeniosas y observaciones agudas de la naturaleza humana. Morris W. Croll lo considera una figura importante en el desarrollo del estilo de la prosa inglesa. W. Fraser Mitchell lo llama «el más grande de todos los primeros teólogos puritanos».
Pero Adams no escribía para la posteridad; escribía para sus contemporáneos. Y su mensaje era urgente: la sociedad inglesa estaba enferma de injusticia, la Iglesia comprometida con el mundo, los ricos oprimían a los pobres, y todos —grandes y pequeños— necesitaban arrepentirse y volverse a Dios.
En su desafiante combinación de erudición y accesibilidad, de sátira y compasión, de denuncia profética y ternura pastoral, Adams representa lo mejor de la predicación puritana. No era ni un fanático estrecho de miras ni un conformista complaciente, sino un hombre que luchaba por vivir fielmente en un mundo de compromisos imposibles.
Hoy, casi cuatrocientos años después de su muerte, las palabras de Adams conservan una lucidez asombrosa. Sus retratos de la avaricia, la hipocresía y la opresión poseen una vigencia sorprendentemente contemporánea. Sus llamamientos a la justicia y la misericordia todavía constituyen un desafío. Y su inquebrantable fe en un Dios de gracia todavía ofrece esperanza.
Quizá el mayor elogio que se puede dar a Adams es que no necesita ser comparado con Shakespeare. Su prosa se sostiene por sí sola. En una época de división religiosa y tumulto político, cuando predicadores de todos los bandos gritaban certezas, Adams predicaba un evangelio que era tanto un consuelo como un desafío. No simplificaba la fe en fórmulas fáciles, ni reducía la vida cristiana a reglas externas. En cambio, llamaba a sus oyentes a un encuentro vivo con el Dios que es tanto justo como misericordioso, tanto santo como amoroso.
«Los pecados de nuestros tiempos los quisiera yo acusar, testificar en contra, condenar, ejecutar —escribió Adams—. A las personas quisiera verlas salvadas en el día del Señor». En esa tensión —entre juicio y misericordia, entre denuncia y esperanza— vivió Adams, predicó Adams, y finalmente murió Adams. Y en esa tensión, su voz continúa exhortándonos.
Bibliografía
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Adams, Thomas. The Works of Thomas Adams: Being the Sum of His Sermons, Meditations, and Other Divine and Moral Discourses, editado por Thomas Smith, memoria por Joseph Angus, prefacio general por John C. Miller, 3 vols., James Nichol, 1861-62. Nichol’s Series of Standard Divines: Puritan Period.
Baker, Moira P. «Thomas Adams». Dictionary of Literary Biography: British Prose Writers of the Early Seventeenth Century, editado por Clayton D. Lein, vol. 151, Gale, 1995. pp. 3-10.
Grosart, Alexander Balloch. «Adams, Thomas». Dictionary of National Biography, editado por Leslie Stephen y Sidney Lee, vol. 1, Smith, Elder, & Co., 1908, p. 102.
Maltby, Judith. Prayer Book and People in Elizabethan and Early Stuart England. Cambridge University Press, 1998, p. 78.
Packer, James I. «Adams, Thomas». The Encyclopedia of Christianity, editado por Edwin H. Palmer, vol. 1, National Foundation for Christian Education, 1964, p. 63.
Las fechas de los títulos académicos de Adams están documentadas en Adams, Thomas (ADMS582T). A Cambridge Alumni Database, University of Cambridge, venn.lib.cam.ac.uk/cgi-bin/search-2018.pl?sur=adams&suro=w&fir=thomas&firo=c&cit=&cito=c&c=BDF&z=all&tex=&sye=1582&eye=1653&col=all&maxcount=50. Fecha de consulta 20 de diciembre de 2025.